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08/11/2017

Begoña

Se oyó un pequeño golpe tras cerrar la puerta. No había pretendido que fuera un gran estruendo, pero no había podido evitarlo. Aunque había subido por el ascensor, jadeaba notablemente. Se apoyó contra la puerta y dejo caer la cabeza hacia atrás para intentar serenarse. “Aquello no era normal” pensó, dejo las llaves ruidosamente sobre el aparador de la entrada y siguió respirando con dificultad mientras caminaba hacia el salón “aquella excitación, no era normal” Se repitió.

Llegó tambaleando hasta el sofá de skay negro, que se encontraba en el salón, en el camino se había despojado de la chaqueta de cuero marrón, de la blusa y de una minifalda que prácticamente no le cubría más  que la parte de arriba de los muslos. “Menos mal que mi hermana hoy no está en casa” pensó “ha salido con pelo Rosa, no me gustaría que me viera en este estado”. Con un fluido movimiento se desabrocho el sujetador y unas enormes tetas se bambolearon. Su 120c hacía que no pudieran ser agarradas con una mano y que se movieran furiosamente con cada leve movimiento.  Nada más quitarse el sostén y arrojarlo hacia el primer sitio donde le pareció, se pellizco sus enormes pezones con las dos manos, los cuales se pusieron duros en el primer instante, haciendo que su jadeo fuera aún más intenso.

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Sin poder aguantarse ni un segundo más dirigió su mano hacia su sexo, encontrándose el tanga que llevaba totalmente empapado. Recordaba que no había podido aguantarse la excitación y había decidido subrepticiamente meterse la mano por debajo de la falda durante el tiempo que durante el trayecto del ascensor. Intento quitarse las bragas lo más rápido que pudo, pero se le engancharon en los tacones de infarto que aun llevaba puestos, cuando las tuvo en la mano, pensó en tirarlas, pero en un arranque decidió metérselas en la boca. Hizo un burruño con ellas y comprobó que le entraban a la perfección, chupo con ansias y percibió gran cantidad de sabores en su boca, que la hicieron ponerse a mil, y arremeter furiosamente contra su rajita, la cual tenía una enorme mata de pelo.

Se introdujo el corazón y el anular sin previo aviso, pero dada lo mojada que estaba se deslizaron hasta dentro sin la menor dificultad, haciendo que Begoña exclamara un gemido ahogado. Empezó con unas embestidas furiosas, haciendo que el ruido de su coño empapado resonara en todo el salón. A los pocos segundos de embestida se corrió estruendosamente, salpicando el suelo, la mesa y el sofá.

Un sudor perlado cubría los grandes pechos de Begoña y hacía que los bucles rubios se pegaran a su cara. Poco a poco fue acompasando su respiración con su pulso cardiaco

Se quedó recostada, pensando cómo había llegado a aquella situación de descontrol. Y se acordó de su cita con Davinia. “¿Qué podía haber pasado mal?” pensó. “todo lo que recordaba había ido bien”. Ella la había recogido a la puerta de su casa, vestía un elegante vestido rojo pasión con unos tacones de infarto. En el transcurso hacia el restaurante habían estado hablando de cosas triviales, que si su hermana había organizado la cita, que si unas risas por aquí unas bromas por allá, todo muy natural. Durante la cena, el tema se había ido al feminismo radical de la que Davinia era partidaria y tras un breve aleccionamiento de sus ideas, se había puesto muy pero que muy cachonda. Ella incluso le había comentado la gran mata de bello que tenía en su pubis, sin embargo, aunque ella había pensado que sus insinuaciones habían sido correspondidas, cuando Davinia pidió para llamar a un taxi, se quedó compuesta y y con una excitación atroz.

Ese pensamiento en lugar de calmar su cuerpo lo había encendido de nuevo, así que decidió acabar con la excitación por la vía rápida. Se levantó del sofá y en seguida llego a la habitación, tras unos segundos rebuscando debajo de la  cama, sacó un gran pollón de plástico negro, con unas estrías muy marcadas desde la base del miembro hasta un glande enorme y terriblemente realista. Se dirigió al salón de nuevo, pero en el trayecto tuvo que pararse un par de veces para embestirse salvajemente con el miembro. La segunda de esas veces fruto de su segundo orgasmo le fallaron las piernas y acabo de rodillas al lado del sofá convulsionando.

Se tranquilizó durante un minuto, su jadeo se fue haciendo más pausado, pero seguía con una excitación fuera de lo común, así que de nuevo empezó a follarse con aquel enorme aparato. Empezó de manera acompasada, mientras con la otra mano se pellizcaba los pezones haciendo que se pusieran más duros que el cristal, sin embargo, pronto esa dosis de dolor se quedó minimizada a la mínima expresión y comenzó a azotarse las tetas, con cada embestida se golpeaba un pecho a la vez que soltaba un gemido de placer, y luego otro y otro. Los orgasmos y los azotes se iban sucediendo uno tras otro, como si en su pequeña mente solo existiera ella y ese gran miembro. Al cabo de una sucesión interminable de orgasmos, Begoña se sentía dolorida, exhausta, con sus enromes tetas con una coloración casi morada y sin embargo un fuego en su interior no podía apagarse.

Decidió cambiar de posición, se puso a cuatro patas sobre el sofá, con la cabeza apoyada en la almohada y decidió desvirgar su culito. Sabía que el dolor que le iba a proporcionar, podría llegar a no soportarlo, pero también sabía que sería la única manera de aliviar sus ansias. Se embistió el coñito con ansia, para empapar un ya muy mojado consolador y lo puso en la entrada de su ano. En un primer momento pensó en hacerlo suavemente, sin embargo, esa excitación que no se detenía, le hizo mandar toda su planificación a la mierda, y empalarse de golpe. El alarido que soltó, quedó en parte amortiguado por la almohada, sin embargo acto seguido una oleada de placer le inundó el cuerpo y un gemido de placer más grande que el de dolor arranco de su garganta.

En los subsiguientes minutos, el dolor se iba intercalando con el placer haciendo que fuera una experiencia desgarradora y terriblemente placentera. Los orgasmos no dejaban tregua y pronto notó una extraña calidez bajando por sus muslos, un pequeño hilo de sangre brotaba de su ano y recorría sus muslos inexorablemente, sin embargo a Begoña no le importó y siguió sodomizando su entrada trasera. Los orgasmos la perseguían de una forma constante como si un martillo percutiera sobre un yunque tras una mano experimentada de un herrero, sin embargo aunque agotada y muerta de sueño, no lograba acallar lo que su cuerpo parecía decirle.

Tras un orgasmo especialmente potente, que casi la dejó inconsciente en el sofá, se cansó y decidió hacer algo de lo que toda la noche había estado intentando engañarse. Se levantó como pudo del sofá, y decidió llamar a Davinia.

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Morboso san valentín

Mi novio es un completo desastre. Por todos lados se hablaba ayer del día de San Valentín pero él, centrado en ese nuevo trabajo y en ese proyecto que le absorbe últimamente montones de horas, ni siquiera se acordó de felicitarme. Ya ni hablar, por tanto, de hacerme un regalo.

 

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Sin embargo, creo que se lo perdonaré. Esta mañana, muy temprano, antes de irme a las clases de la Universidad, llamó un mensajero a la puerta del apartamento que alquilé a principios de curso. Me sacó prácticamente de la ducha. Con una toalla envuelta en el cuerpo, abrí la puerta y el tipo me entregó un paquete. Tras firmar y cerrar de nuevo la puerta, comprobé el contenido de la caja. Había una nota y otra caja más pequeña. Intrigada, leí lo que ponía en el papel:

 
  • Perdón por no felicitarte ayer el día. Ya me conoces, soy un auténtico despistado. En lugar de comprarte la típica rosa, te he hecho un regalo un tanto especial. Espero que sea de tu agrado. Antes de abrir la caja, sigue, por favor, los pasos que vienen a continuación: 1. Ponte esa faldita roja de cuadros que te hace tan provocativa; 2. Vístete con las medias negras sexys, ésas que te llegan por encima de la rodilla; 3. Prohibido ponerte hoy sujetador y braguitas: irás a clase sin nada bajo la ropa.

 

Eso es lo bueno que tiene mi chico: siempre logra sorprenderme con alguno de esos juegos que tanto me fascinan. No he tenido por San Valentín una rosa como cualquier chica, sino un morboso juego sexual.

 

De modo que me dispuse a seguir las directrices marcadas: me quité la toalla y me dirigí en pelotas a mi habitación. Saqué del armario una camiseta, la falda de cuadros a la que se refería mi novio y las medias indicadas y empecé a vestirme.

 
  • ¡Qué pervertido y cómo me conoce!- pensé al ajustarme la minifalda a la cintura

 

Sabe de sobra lo corta que es, que apenas cubre hasta el final de las nalgas y que se me vería absolutamente todo al menor descuido, movimiento brusco o, incluso, simplemente al caminar y que, en esta ocasión, no habría tanga o braga que tapase mis intimidades de las miradas ajenas y ansiosas.

 

Una vez vestida por completo siguiendo las instrucciones de mi chico, abrí la caja pequeña y me sorprendí al comprobar el contenido: un sugerente pene de juguete con ventosa para pegarlo a la pared, al suelo o a cualquier mueble. Era una polla tan real, tan perfectamente diseñada, reproduciendo cada detalle de un pene humano que no pude evitar morderme los labios de puro placer. Aunque no me lo había escrito, sabía perfectamente cuál era la intención y la indirecta lanzada por mi novio: seguro que quería que probase el juguete en ese mismo instante, vestida tal y como me había solicitado. Miré el reloj y aún faltaban unos minutos para salir de casa. Gané algo de tiempo al retrasar el desayuno habitual y posponerlo para el breve descanso durante la mañana en la Facultad.

 

Pegué la ventosa en la pared y dejé clavada esa magnífica polla de color carne. Me acerqué a ella y comencé a lamerla con la lengua para lubricarla. Una y otra vez la recorrí desde la punta hasta la base, empapándola de saliva. Noté cómo mi coño empezaba a humedecerse, mientras yo chupaba aquella verga. Acto seguido me giré, me puse de espaldas al pene y levanté un poco la falda. No hizo falta hacerlo mucho para que mis nalgas quedaran al aire. 

 

Retrocedí un paso más y sentí cómo el glande del falo de silicona rozaba justo mi raja del culo. Agaché ligeramente el cuerpo y volví a subirlo para deleitarme con el tacto de la punta de la polla sobre toda la extensión de la raja del trasero. Decidí ponerme ya en pompa y dejé, así, abierto por completo el orificio anal. Con parsimonia me pegué a la pared y centímetro a centímetro la verga de juguete comenzó a entrar por mi ano. Gemí al notarme penetrada y moví las caderas y la cintura, empujando mi cuerpo hacia delante y hacia atrás . De manera deliciosa el pene se deslizaba por el interior del ano sin obstáculo alguno y llegando hasta el fondo. Aceleré un poco más el ritmo y el efecto de la penetración se hizo mayor, provocando que también aumentase más el placer proporcionado. Por la cara interna de mis muslos resbalaba un par de hileras de flujo, que mi coño expulsaba sin cesar. Mi sexo palpitaba pidiendo ser penetrado ya de una vez, por lo que dejé salir la polla de mi ano y me volví. Abrí la boca y lamí en repetidas ocasiones la verga para saborear el rico e intenso aroma que mi culo había dejado impregnado en ella.

 

Sin mayor dilación, volví a ponerme de espaldas al juguete, incliné mi cuerpo separé con los dedos los labios vaginales y me dejé caer de golpe contra la pared. Grité con fuerza cuando todo el pene entró bruscamente en mi coño húmedo, desde atrás. Realicé la misma operación una vez, otra, otra más....Mis gemidos se incrementaban conforme aumentaba el número de ocasiones en que el falo violaba mi coño con una fuerza extrema. Una de las veces en que la polla quedó encajada dentro de mí, comencé a mover la cintura y las caderas a gran velocidad, a la vez que metía mis manos dentro de la camiseta y jugaba con las tetas, aprisionándolas y apretándolas con ganas. Como una posesa me movía contra la pared, permitiendo que el falo penetrase hasta casi mis entrañas. Cerré, entonces, los ojos oprimí los labios y dí un último acelerón final, hasta que aquella maciza polla me llevó al orgasmo.

 

Extasiada, permanecí unos segundos inmóvil, con la verga dentro y observando el enorme charco de fluidos vaginales que se había formado en el suelo. Luego me aparté de la pared y me acerqué hacia la mesa: allí, antes de masturbarme, había dejado apoyado el móvil, que se encargó de grabar hasta el último detalle de la escena.

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